jueves, 29 de mayo de 2008

UN MUNDO RARO.


"SIETE PECADOS EN LA CAPITAL"
Por. Juan Manuel Vázquez P.
Hace algunas semanas, un domingo en la alameda, -como Diego Rivera- tenia yo un par de horas muertas mientras me revelaban un rollo fotográfico, (si tu tienes menos de treinta años, no sabes a lo que me refiero) fui al cine pero la película que buscaba no me acomodaba el horario, así que me dispuse a caminar hacia Bellas Artes.

Entonces vi una fila con pocas personas, tan pocas eran que como todo naco, no resistí formarme y mas aún cuando noté que el destino de la fila era un stand donde prestaban bicicletas.

Claro, los paseos dominicales en bicicleta, había escuchado de ellos pero nunca me atrajo mayormente la idea, pero ahora se prestaba la ocasión.

Uso bicicleta para ir a mi trabajo, pero realmente es mínimo el recorrido pues trabajo muy cerca de mi casa. Así que no estoy acostumbrado a los largos recorridos. Sería entonces una nueva experiencia.

Y sucedió, al poco rato ya tenia una bicicleta en mis manos, había que montarla o parecería a Jaimito el cartero de quien se sabe, nunca aprendió pero nunca lo dijo por temor a que lo corrieran. La monté entonces y comencé a pedalear, fui subiendo la intensidad del pedaleo pues paralelamente aumentaba en mí una sensación de gusto rayando en alegría como hace mucho no sentía. Mi cara sin duda, semejaba la de un perro asomándose por la ventanilla de un coche a buena velocidad. Con lengua y orejas menos largas pero con igual gusto en la expresión seguí pedaleando, y llegué al cruce de Juárez con Lázaro Cárdenas. No, no estoy faltando el respeto a los próceres, me refiero al cruce de las avenidas.

Así al cruzar entré junto con todo el contingente de ciclistas por la calle de Madero hacia el zócalo y sentí algo raro al recordar que estaba haciendo el mismo recorrido que Agustin de Iturbide al frente del Ejercito Trigarante en el ya lejano 1821 al consumarse la independencia, la única diferencia es que ellos venían a caballo y nosotros en bicicleta, pero de ambos se pudo afirmar que veníamos montando.

Como me sucede con toda sensación agradable, suelo caer en exceso y tanta era mi alegría que por un momento creí que el PRD servia para algo, y por otra parte sin darme cuenta abandoné la ruta trazada al llegar al zócalo, pues me seguí por la derecha muy quitado de la pena y solo me di cuenta de mi error al verme rodeado de carros en pleno San Antonio Abad. “Ah chingá, pa donde se fueron todos los demás ciclistas? Ora mendigos, no avienten el carro!” di la vuelta en cuanto pude y a los pocos minutos retomé el recorrido que nos llevaría hasta Chapultepec y de regreso. Pero durante el recorrido, ya trastornado e inmerso yo en la sensación producto de la hemoglobina, dopamina, y las mugres que contiene mi organismo por tanto fumar comencé a caer paulatinamente en esos instintos desbocados o pecados como los llama la religión. Me explico.

El primero en el que caí fue la soberbia, pues minutos después de haber emprendido el recorrido, me sentí superior a los peatones, los miré para abajo y pensé para mis adentros “ja-ja-ja,¿ que se siente andar a pie? Bola de pelados, Ábranse piojos que ahí les va el peine, que Indurain, ni que Eddie Merkz ni que Raúl Alcalá, ni que la chingada, aquí su charro Juan al manubrio de mi caballo de acero, ¡soy el as del velocípedo!”

La envidia llegó poco después, es sorprendente como puede cambiar la gente, antes de conducir la bicicleta que traía, me era indiferente el modelo del que trajera cualquier otra persona, pero nada, que se me emparejó un tipo con un portento de bicicleta que mas bien parecía prototipo de avión o bicicleta sacada de alguna película futurista. La mía sonrojó de vergüenza y yo agarré un tono verde que me envidiarían las espinacas, producto de la envidia que padecí, no pude evitar pensar “ay si, ¿mucha pinche bicicleta no wey? Ojalá que ahorita te estampes adelante contra la diana cazadora o ya de perdis contra un policía de esos timbones”.

La ira, pues vamos, que uno siempre trata de hacer las cosas como se deben, pero hay gente que insiste en echarle a perder a uno el dia. Un par de niños venían echando carreritas pero se me cerraban los cafres, me hicieron trastabillar y casi caer, hasta el santo Job que era un dechado de paciencia les hubiera acomodado sendo par de coscorrones a cada quien precedidos de un “ora pinchis escuincles, tense sosiegos o me los surto a cuerazos” Yo no lo hice, por que estoy en contra de pegarles a los niños, por que he aprendido a controlar la ira y por que el papá venia justo detrás y el tipo tenia cuerpo de campeón de lucha libre y cara de pocos amigos.

La lujuria. El pecado favorito de muchos –incluyéndome- ocurrió mientras pedaleaba por Reforma, en determinado momento me situé detrás de una dama a bordo de su bicicleta que poseía un trasero –la dama, no la bicicleta- enorme, pero no enorme feo, no era la Bodokito, era enorme pero duro, bien formado, y para colmo la mujer esta venia subida en los pedales, o sea que se contoneaba a cada pedalazo, bonito trasero, breve cintura, sin darme cuenta me quedé manejando a la misma velocidad durante mucho rato, la velocidad que me permitiera ir justo detrás de ella, al poco rato se le emparejo un tipo que supongo es su pareja, pues le dijo “ya te alcancé” y al instante le dio un beso de piquito. Que ganas de echarle a perder uno el domingo, bah, seguí mi camino y metros adelante, mi lujuria tocó fondo al percatarme de la presencia de una muchacha que no venia en bicicleta, el paseo también es para caminar o patinar y esta venia en shorts y patines, ¿habrá algo mas porno?.

La avaricia hizo su aparición cuando pasé por un puesto de auxilio , noté que a mi llanta le faltaba aire y pasé a que le pusieran, no cobraban pero lo correcto es darles una propina, me busqué en mis bolsas y traía dos billetes de a 200 y una moneda de a 2 varos. No soy Frank Sinatra para dar propinas de a 200, asi que le di al chavo la moneda de a 2, se me quedó viendo con cara de “no mames, mejor yo te presto y de ahí agarro mi propina” lo lamenté, de verdad me dió pena, pero no pude hacer nadamás, es que no soy Frank Sinatra.

La gula fue el ultimo de los pecados que padecí, primero por que me engolosiné tanto con la bicicleta que ya no la quería devolver y seguir pedaleando por toda la tarde, pero el tiempo se terminó, abrieron la circulación a los automóviles y me la pelé, la tuve que devolver. Y segundo por que el ejercicio me dio tanta hambre que para recuperar lo perdido me zampe senda hamburguesa que me envidiaría Pilón el de Popeye. Refrescote para acompañar y de postre un heladito con jarabe de chocolate y trozos de galleta, es que estoy cuidándome.

No, no olvidé la pereza, pero es que esa la he vivido desde que ocurrió todo lo anterior hasta la fecha, pues ya pasó un mes y hasta ahora lo escribí, es que emulando mis épocas de estudiante me daba un chingo de hueva redactarlo, como entonces era con la tarea. ¿Verdad mamá?

Aun no descubro la formula de la felicidad, pero hace un mes, encontré una versión de ella en dos ruedas.

1 comentario:

Unknown dijo...

Me encantan tus cronicas. Eres mi favorito. Alicia F.